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Judas Priest (8/11/08 en el Luna Park)

Judas no venía con la mejor crítica encima después de la edición de Nostradamus, el disco más épico y largo de su historia, alejadísimo del Heavy más directo de British Steel o de las descargas hiperpesadas de Painkiller. A la gente no pareció importarle mucho cuando después de la intro Dawn of creation las cinco figuras llenaron de metal el escenario con Prophecy.

Rob Halford, enfundado en una capa plateada y con un cetro coronado por la clásica cruz de Judas Priest, pegó sus primeros gritos como aclimatándose al Luna, y el pueblo respondió. Especialmente cuando terminó la presentación y los cinco ingleses no rompieron el hielo, sino que directamente lo hicieron mierda con Metal Gods.

Después vendrían algunos clásicos previsibles pero infaltables, como Breaking the Law, y unas cuantas sorpresas que la gente supo retribuir. Y seguramente desde el escenario se escuchó a todo el estadio cantando a grito pelado Eat me alive, Hell Patrol, Devil`s child, Between the hammer and the anvil y Rock hard, ride free, porque las sonrisas en las caras de Halford, Tipton, Downing, Hill y Travis no pueden haber salido de la nada.

Con respecto a K. K. Downing, estaba literalmente en llamas. El solo de Sinner puede no ser lo más complicado del mundo, pero el sentimiento que salió de esa Flying-V mientras su dueño le daba a la palanca y le arrancaba los gemidos más salvajes, ese sentimiento no viene en las partituras.

Scott Travis tuvo su momento de gloria cuando amagó con la intro de batería más sacada del Metal y la gente armó la clásica olla en el centro del campo. Y la olla hirvió a miles de grados cuando el baterista se decidió y le dio rienda suelta a todo el vértigo de Painkiller, sólo para que la última piña, la del K.O., la diera Electric eye, el clásico de Screaming for Vengeance.

Después de poco más de una hora de show, los viejitos que le regalaron al Metal el manual de todo lo que se puede hacer con dos guitarras se tomaron un breve descanso. Cinco minutos después, el motor ya archiconocido de una Harley Davidson nos traería de vuelta a Rob y los suyos, que se llevarían nuestras gargantas como trofeo de una guerra ganada ya desde el primer tema. Esta vez el golpe fue con Hell bent for Leather.

Nueva pausa, y -ahora sí- los últimos bises: The green manalishi (with the two pronged crown) y You’ve got another thing coming. Y los cinco padres fundadores se fueron idolatrados, alabados como lo que son: deidades paganas de la religión politeísta más enferma del mundo: Dioses del Heavy Metal.

Calificación: 9
Sonido: 9
Pogo: 8
Chicos/as: 7/3

Nota por Nicolás Salvarrey

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